Nacemos al azar de la vida
desde el fondo de un delta infinito,
asomamos la cabeza
a lo concreto, a lo tangible,
entre cálidos fluidos.
El aire enfría nuestras mejillas amoratadas
por el esfuerzo del camino.
Y trémulo aun nuestro cuerpo,
nos cortan las amarras
que nos ligan al misterio.
Como ofrenda, un blanco sudario,
que nos envuelven y nos despiden,
como velas que portan
y flamean al viento.
Y en un remanso del río,
un corazón, que como alas desplegadas,
nos cobija contra su cálido pecho,
a la espera de la propicia brisa,
para luego, al paso del tiempo,
confiarnos al fluvial sendero.
Por: Daniel Sosa Reyes.
¡ POR LA CASA DE LA CULTURA DE LA ISLETA !


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