Relato de algo que pudo ser y no fue.
Hora y lugar
Son justamente las doce horas de esta mañana grancanaria septembrina en la que el ambiente es pesado, dominado por el efecto de una incipiente "panza de burro" que además de amortiguar la luz solar del mediodía veraniego, no permite que ni tan solo una sola brizna de aire haga mecerse a las hojas de los árboles, los tallos de las plantas o las pencas de las palmeras en uno de los extremos del remozado Parque Hermanos Millares, el que dá a la Avenida de Escaleritas, en la Ciudad Alta. Y este ambiente hace prender una especie de modorra o ensoñamiento en más de uno de los representantes de la "tercera edad" que en el recinto ociamos y descansamos de nuestros ajes o achaques "propios de la edad".
En uno de los bancos de madera y hierros, más que acomodados, desmadejado el cuerpo, estamos de charla como en otras muchas ocasiones cho Salvadorito, maestro Luis el del merendero y yo. Allá en la parte baja, junto a la fuente de rumorosos surtidores veo a señor Melián y don Pelayo que caminan despaciadamente en nuestra dirección y por la parte de arriba cruza la avenida despacio por el paso de peatones con unos periódicos debajo del brazo el señor Sánchez, el que laboralmente fue excelente cocinero.
Acción
En la charla que sostenemos los circunstanciales contertulios, aparentemente evocamos en ráfagas de viejos recuerdos, primero, y no sé ahora a cuenta de qué, a los diversos alcaldes de la ciudad que en este último medio siglo hemos conocido. "Franito" Hernández González, el de Arucas, Hernández del Toro que estuvo poco tiempo al frente de la alcaldía, José Ramírez Bethencourt, el palmero Jesús Pérez Alonso y el abogado Fernando Ortiz Wiot, todos ellos en tiempos de Franco;
y luego Gabriel Mejías Pombo, Manuel Bermejo Pérez, Francisco Zumaquero García que estuvo solo unos días, Juan Rodríguez Doreste, Diego Villegas de los Betancores de Tamaraceite, José Vicente León Fernández, Emilio Mayoral Fernández y José Sintes Marrero hasta llegar al actual ya en segundo mandato José Manuel Soria. Apostillando cualquiera de nosotros con comentarios a medida que son estos políticos municipales mencionados.
También, para intentar vencer la modorra que de cuando en cuando parece querer invadirnos ora a uno ora a otro, es cho Salvadorito, el hijo del difunto señor Cuervo que por muchos años fue compañero laboral mío en Gando, el que dá repentina luz que descifra el enigma que desde hace algún tiempo pero sin la mayor importancia llevo "in mente" como muestra de mi por demás flaca memoria para algunas cosas en contraste con la activa agudeza en otras. Se trata de recordar el nombre de un ingeniero civil que hubo en la Maestranza Aérea de Canarias al que hace días hubimos de citar y evocamos un tanto al alimón otro circunstancial contertulio de este Parque Hermanos Millares, señor Melián y yo y que en tal ocasión no pudimos darle el nombre propio por el que se le conocía, por más que lo viese en mi imaginación como un señor de mediana edad, fornido, adornado su rostro con unos enormes bigotes de guías retorcidas, emparentado con aquel médico llamado Carlos Díaz de la Peña destacado cineasta amateur del que hube de ocuparme al estar recabando material para mi libro publicado hace ya la tira de años y titulado "El Cine en Canarias"; que residía en un caserón de la calle Doctor Déniz junto a la Alameda de Colón, oriundo de Lanzarote, que tenía un hermano poeta al que acabé conociendo cuando andaba recorriendo gran parte de esta isla grancanaria en compañía de mi buen amigo el ya fallecido acuarelista Comas Quesada... Que sí sé que se apellidaba Velázquez pero se le conocía más bien por su nombre de pila, ¿don Senén?,...¿don Julián?,...¿don Luis?,...¿don Rafael?... ¡Pues no!... Y bien que lo evoqué de inmediato, al citarlo de pasada cho Salvadorito. Se llamaba, ¡don Ginés! .
Ahora, acabamos asimismo de ser testigos distraídos de las peripecias que parece haber pasado un anciano sacerdote que, ensotanado de negro a la antigua o preconciliar usanza, en la acera de enfrente en la avenida, justo delante de una de las sucursales de la Caja Insular pretende coger un taxi pero todos los que pasan, uno van ocupados y otros, por alguna razón, no paran ahí, hasta que el buen hombre se baja de la acera a la calzada asfáltica y por fin logra que se le recoja y se le lleve.
Alguno de nosotros cree reconocer en este sacerdote al reverendo don José Rodríguez, cura párroco que fué de la inicial barriada de Escaleritas, luego delegado de Cáritas por muchos años y finalmente acreedor al título de prelado doméstico de Su Santidad, lo que comento yo, le autoriza a revestirse cuando sea preciso con una llamativa y amplia capa roja. Recordamos a un su tío también sacerdote, como sacerdotes fueron don Teodoro párroco de San Juan de Telde, ya difunto y don Francisco, por muchos años párroco del Pilar, en Guanarteme. Otro de los presentes indica que son naturales de Juncalillo, un pago perdido entre las montañas centrales y los presentes a una evocamos el pequeño pago cumbrero, medio troglodita que curiosamente ha sido en el pasado reciente un fecundo vivero de sacerdotes, alguno afamado escritor o novelista costumbrista y maestros de escuela. Los Rodríguez, los Artiles, los Socorro...
Pero, con el paso de los minutos y el sofoco de la "panza de burro" que se extiende sobre nuestras cabezas, la conversación y las evocaciones languidecen y aún, en determinado momento los presentes parecemos dedicarnos a meditar, a rumiar pensamientos confusos o dispares, ensimismándonos pero al mismo tiempo observando distraídos, recogiendo como con una máquina fotográfica instantánea o una cámara de video la vida que inmutable discurre en derredor, enfrente nuestro y que puede resultar tanto aburrida como interesante.
Como más arriba indico, el sacerdote, después de varias tentativas ha logrado coger un taxi, lo que ha sido observado por una mujer, a lo que se observa desde nuestro banco un tanto gruesa y de edad indefinida que parece dedicarse a limpiar con gestos mecánicos y cansino ademán ayudada de una bayeta y un aerosol los cristales de las ventanas del piso situado justo encima de los locales que ocupan la ya citada entidad bancaria. Por detrás de ella, en el interior oscuro se adivina más que se puede ver a otra persona, parece un hombre, que le indica algo de cuando en cuando.
Por un momento, yo imagino que esa mujer dedicada aparentemente a la limpieza es en realidad una especie de espía, la componente de una banda de malhechores que proyecta atracar el banco; que es la encargada de vigilar cualquier movimiento extraño o peligros que les ataña, en tanto que el hombre entrevisto y otros compinches suyos están preparando todo un arsenal de armas y de herramientas apropiadas para abrir un adecuado agujero en el suelo de la vivienda por el que deslizarse a las oficinas del piso inferior y asaltar la gran caja de caudales. Todo ello un rato más tarde, cuando acabe la jornada laboral de verano y el local quede completamente vacío. Ya se cuidarán de hacer que la posible alarma no funcione, desconectando previamente todo tipo de corriente eléctrica.
Claro que un atraco efectivo puede realizarse también a plena luz del día, si antes se ha proyectado y estudiado a la perfección.
Con ligero rechinar de frenos, acaba de detenerse enfrente de nosotros, al otro lado de la avenida, el vehículo brindado, el furgón pintado de amarillo que se dedica precisamente al transporte de dinero y valores postales entre las diversas oficinas o sucursales de la Caja Insular y el Banco de España.
Suele ir bien custodiado con al menos tres funcionarios de uniforme, uno que conduce, otro que le acompaña y otro que viaja en el interior blindado. Pero esta vez, como ya estaba previsto y estudiado por nosotros, solo son dos los empleados que se bajan, el uno de la parte delantera correspondiente al conductor y el otro de la posterior, dejando la puerta trasera entreabierta.
Los dos hombres entran en la dependencia bancaria.
Yo sé bien que cantidad, considerable en esta ocasión, vá a ser recogida y con una saca de valores trasladada directamente para su custodia en la cámara acorazada del Banco de España que se alza al principio de la calle de León y Castillo.
Y nosotros, los tres hombres ya mayores que parecemos dormitar por momentos en uno de los extremos del Parque Hermanos Millares después de haber emitido opiniones, comentarios y disquisiciones de lo más variado evocando, rememorando a hechos y figuras del pasado, de nuestro común ayer y anteayer, parecemos despertar al unísono de un momentáneo amodorramiento o íntimo ensueño.
Soy yo el que dá la voz de aviso ya convenida de antemano, palmoteando algún muslo o rodilla de mis dos compañeros.
_ "¡Ea, que ya es la hora, señores!". Y advirtiendo que efectivamente ya estamos dispuestos a la acción aún añado: "¡Ya sabe cada uno lo que tiene que hacer!... ¡En marcha!"
Nos colocamos en la cabeza, cubriéndonos así el rostro, las medias color canelo que ya teníamos preparadas al efecto, para procurar no se reconocidos y todo lo ágiles que nuestros renqueantes cuerpos de más que sesentones nos permiten, saltamos a una las bajas vallas de hierro pintado de negro que rodean los parterres de césped y flores, cruzamos temerariamente la avenida que, milagrosamente en ese momento aparece libre de tráfico rodado y, con la mano diestra unos y siniestra yo apretando con firmeza las culatas de las pistolas, cada uno de los componentes de la banda cumple con matemática precisión su respectivo y ya bien ensayado cometido. El señor Melián, el de Telde nos aguarda y cubre con el motor de un viejo Volvo en marcha, haciéndose el distraído pero sin perdernos de vista, teniendo como vigilante pasajero a su lado a don Pelayo, que abre los ojos todo lo que puede, presumiendo de lo bien que ha quedado de una operación recientemente sufrida en los párpados.
Salvadorito se coloca estratégicamente al lado de la puerta del conductor del furgón y yo, algo más retirado frente a la del acompañante en tanto que maestro Luis comprueba con rápida ojeada que en la parte posterior del vehículo blindado no hay nadie, tal como ya habíamos supuesto al planearlo todo con meticulosidad.
En la ventana del primer piso del edificio que nos interesa, ya no es la mujer sinó el señor Sánchez el que otea la avenida arriba y abajo y el mismo parque para prevenirnos si se presenta algún inconveniente y hace una señal de asentimiento, confirmando que, de momento al menos, no hay peligro a la vista.
Los dos uniformados empleados de la empresa de seguridad que, ciertamente, si que van ambos armados como si fueran anteriores vaqueros del Oeste americano, con llamativos y pavonados revólveres al cinto, salen un tanto despreocupados del local bancario, cargado el uno con una saca de lona medio llena de lo que se supone son pagarés, talones, dinero en efectivo en papel y moneda, etc., y que parece idéntica a las empleadas por el servicio postal de Correos y el otro llevando una pequeña caja metálica de cantos reforzados,que parece ciertamente pesada, ambos celadores así con las dos manos ocupadas.
Les apunto a los dos con mi pistola Astra del 7´70 y ellos asi sorprendidos me miran estupefactos, incapaces de reaccionar al momento.
"¡Venga, venga la pasta", les comino con el negro y frío agujero del arma encañonándoles, lo que parece hipnotizarlos.
Salvadorito, rápido, surge por delante del coche y también encañonándoles añade muy en serio y en plan televisivo: "¡La pasta o la vida!".
Maestro Luis se apropia de la saca y, pese a la posible artritis de sus huesos corre raudo hacia el Volvo de Melián y Pelayo.
Salvadorito coge de las manos del vigilante y carga con algún esfuerzo sobre uno de sus hombros la ansiada maleta metálica, siguiendo luego a maestro Luis. Y yo titubeo un breve instante antes de levantar la mano armada con la pistola y dar un buen golpe sobre una oreja del agente de seguridad que tengo más cerca. Luego, raudo me vuelvo al otro que es joven y pelirrojo y parece que, reaccionando va a desenfundar su revolver y al tiempo que le susurro algo así como "¡No lo intentes, pelirrojo, no lo intentes!", ya sin vacilar le disparo una, dos y tres veces a piernas y brazo y antes de comprobar como aquel cuerpo joven, con la sorpresa aún reflejada en su rostro que instantaneamente troca por un gesto de dolor se vá deslizando al suelo, en tanto la sangre ya comienza a brotarle de las heridas, me vuelvo amenazador apuntando con la pistola a los espectadores del atraco que se asoman con precaución y sumamente sorprendidos a las ventanas y a la misma puerta de la oficina bancaria. Allá dentro suena escandaloso un timbre de alarma...
Mis dos compañeros con la preciada carga ya están en el interior del Volvo, haciéndome un hueco en el asiento posterior y señor Melián toca frenético la bocina del auto para que yo me apresure.
El señor Sánchez asomado, escorado en la ventana del primer piso dá un fuerte grito como de aviso, maestro Luis, Salvadorito, don Pelayo me llaman a voces... ¡Pero yo compruebo horrorizado que, de repente, no puedo moverme, que me fallan las fuerzas!... Perplejo y asustado, trato de concentrarme, cierro los ojos por un instante...
El desenlace
Continúo con los párpados cerrados. Algo o alguien me está zarandeando, gritando...
Abro pues los ojos, sintiéndome más bien desconcertado que estupefacto en los primeros instantes. Y miro extrañado en derredor mío.
Enfrente, el coche blindado pintado de amarillo acaba de arrancar sin novedad y se aleja raudo cuesta arriba, normal. La mujer que limpia las ventanas del primer piso, una vez terminada la tarea se retira al interior del aposento y su silueta pronto se difumina velada por la gasa de las cortinas que ondean ligeramente movidas acaso por una repentina y refrescante brizna de aire. En la oficina de La Caja, por lo que de ella se vé a través de los grandes ventanales sigue sin alterarse la actividad de atender a la clientela.
Cho Salvadorito permanece a mi lado sentado en un extremo del banco y desde el otro, maestro Luis me palmea en una rodilla.
"¡Pues no se nos ha amodorrado usté ahora mismo, cristiano!... Por ahí vienen don Pelayo y el teldense señor Melián, que algo de sus vivencias, que son muchas, nos contará hoy.
Pero yo presumo que no voy a continuar allí más por el día. Consultando la hora en el reloj de pulsera, con algunos contenidos o entre dientes emitidos quejidos de achaques artríticos en las articulaciones y también debido a los quilos de más de mi rechoncha figura me levanto, me despido y me alejo en dirección al cercano domicilio, un tanto desilusionado, pensando, eso sí, en escribir el presente relato
de algo que pudo ser y no fue.
¡No ha habido "atraque" de la tercera edad!... Todo ha sido un sueño, un botón de muestra de mi sempiterna mucha fantasía.
Hora y lugar
Son justamente las doce horas de esta mañana grancanaria septembrina en la que el ambiente es pesado, dominado por el efecto de una incipiente "panza de burro" que además de amortiguar la luz solar del mediodía veraniego, no permite que ni tan solo una sola brizna de aire haga mecerse a las hojas de los árboles, los tallos de las plantas o las pencas de las palmeras en uno de los extremos del remozado Parque Hermanos Millares, el que dá a la Avenida de Escaleritas, en la Ciudad Alta. Y este ambiente hace prender una especie de modorra o ensoñamiento en más de uno de los representantes de la "tercera edad" que en el recinto ociamos y descansamos de nuestros ajes o achaques "propios de la edad".
En uno de los bancos de madera y hierros, más que acomodados, desmadejado el cuerpo, estamos de charla como en otras muchas ocasiones cho Salvadorito, maestro Luis el del merendero y yo. Allá en la parte baja, junto a la fuente de rumorosos surtidores veo a señor Melián y don Pelayo que caminan despaciadamente en nuestra dirección y por la parte de arriba cruza la avenida despacio por el paso de peatones con unos periódicos debajo del brazo el señor Sánchez, el que laboralmente fue excelente cocinero.
Acción
En la charla que sostenemos los circunstanciales contertulios, aparentemente evocamos en ráfagas de viejos recuerdos, primero, y no sé ahora a cuenta de qué, a los diversos alcaldes de la ciudad que en este último medio siglo hemos conocido. "Franito" Hernández González, el de Arucas, Hernández del Toro que estuvo poco tiempo al frente de la alcaldía, José Ramírez Bethencourt, el palmero Jesús Pérez Alonso y el abogado Fernando Ortiz Wiot, todos ellos en tiempos de Franco;
y luego Gabriel Mejías Pombo, Manuel Bermejo Pérez, Francisco Zumaquero García que estuvo solo unos días, Juan Rodríguez Doreste, Diego Villegas de los Betancores de Tamaraceite, José Vicente León Fernández, Emilio Mayoral Fernández y José Sintes Marrero hasta llegar al actual ya en segundo mandato José Manuel Soria. Apostillando cualquiera de nosotros con comentarios a medida que son estos políticos municipales mencionados.
También, para intentar vencer la modorra que de cuando en cuando parece querer invadirnos ora a uno ora a otro, es cho Salvadorito, el hijo del difunto señor Cuervo que por muchos años fue compañero laboral mío en Gando, el que dá repentina luz que descifra el enigma que desde hace algún tiempo pero sin la mayor importancia llevo "in mente" como muestra de mi por demás flaca memoria para algunas cosas en contraste con la activa agudeza en otras. Se trata de recordar el nombre de un ingeniero civil que hubo en la Maestranza Aérea de Canarias al que hace días hubimos de citar y evocamos un tanto al alimón otro circunstancial contertulio de este Parque Hermanos Millares, señor Melián y yo y que en tal ocasión no pudimos darle el nombre propio por el que se le conocía, por más que lo viese en mi imaginación como un señor de mediana edad, fornido, adornado su rostro con unos enormes bigotes de guías retorcidas, emparentado con aquel médico llamado Carlos Díaz de la Peña destacado cineasta amateur del que hube de ocuparme al estar recabando material para mi libro publicado hace ya la tira de años y titulado "El Cine en Canarias"; que residía en un caserón de la calle Doctor Déniz junto a la Alameda de Colón, oriundo de Lanzarote, que tenía un hermano poeta al que acabé conociendo cuando andaba recorriendo gran parte de esta isla grancanaria en compañía de mi buen amigo el ya fallecido acuarelista Comas Quesada... Que sí sé que se apellidaba Velázquez pero se le conocía más bien por su nombre de pila, ¿don Senén?,...¿don Julián?,...¿don Luis?,...¿don Rafael?... ¡Pues no!... Y bien que lo evoqué de inmediato, al citarlo de pasada cho Salvadorito. Se llamaba, ¡don Ginés! .
Ahora, acabamos asimismo de ser testigos distraídos de las peripecias que parece haber pasado un anciano sacerdote que, ensotanado de negro a la antigua o preconciliar usanza, en la acera de enfrente en la avenida, justo delante de una de las sucursales de la Caja Insular pretende coger un taxi pero todos los que pasan, uno van ocupados y otros, por alguna razón, no paran ahí, hasta que el buen hombre se baja de la acera a la calzada asfáltica y por fin logra que se le recoja y se le lleve.
Alguno de nosotros cree reconocer en este sacerdote al reverendo don José Rodríguez, cura párroco que fué de la inicial barriada de Escaleritas, luego delegado de Cáritas por muchos años y finalmente acreedor al título de prelado doméstico de Su Santidad, lo que comento yo, le autoriza a revestirse cuando sea preciso con una llamativa y amplia capa roja. Recordamos a un su tío también sacerdote, como sacerdotes fueron don Teodoro párroco de San Juan de Telde, ya difunto y don Francisco, por muchos años párroco del Pilar, en Guanarteme. Otro de los presentes indica que son naturales de Juncalillo, un pago perdido entre las montañas centrales y los presentes a una evocamos el pequeño pago cumbrero, medio troglodita que curiosamente ha sido en el pasado reciente un fecundo vivero de sacerdotes, alguno afamado escritor o novelista costumbrista y maestros de escuela. Los Rodríguez, los Artiles, los Socorro...
Pero, con el paso de los minutos y el sofoco de la "panza de burro" que se extiende sobre nuestras cabezas, la conversación y las evocaciones languidecen y aún, en determinado momento los presentes parecemos dedicarnos a meditar, a rumiar pensamientos confusos o dispares, ensimismándonos pero al mismo tiempo observando distraídos, recogiendo como con una máquina fotográfica instantánea o una cámara de video la vida que inmutable discurre en derredor, enfrente nuestro y que puede resultar tanto aburrida como interesante.
Como más arriba indico, el sacerdote, después de varias tentativas ha logrado coger un taxi, lo que ha sido observado por una mujer, a lo que se observa desde nuestro banco un tanto gruesa y de edad indefinida que parece dedicarse a limpiar con gestos mecánicos y cansino ademán ayudada de una bayeta y un aerosol los cristales de las ventanas del piso situado justo encima de los locales que ocupan la ya citada entidad bancaria. Por detrás de ella, en el interior oscuro se adivina más que se puede ver a otra persona, parece un hombre, que le indica algo de cuando en cuando.
Por un momento, yo imagino que esa mujer dedicada aparentemente a la limpieza es en realidad una especie de espía, la componente de una banda de malhechores que proyecta atracar el banco; que es la encargada de vigilar cualquier movimiento extraño o peligros que les ataña, en tanto que el hombre entrevisto y otros compinches suyos están preparando todo un arsenal de armas y de herramientas apropiadas para abrir un adecuado agujero en el suelo de la vivienda por el que deslizarse a las oficinas del piso inferior y asaltar la gran caja de caudales. Todo ello un rato más tarde, cuando acabe la jornada laboral de verano y el local quede completamente vacío. Ya se cuidarán de hacer que la posible alarma no funcione, desconectando previamente todo tipo de corriente eléctrica.
Claro que un atraco efectivo puede realizarse también a plena luz del día, si antes se ha proyectado y estudiado a la perfección.
Con ligero rechinar de frenos, acaba de detenerse enfrente de nosotros, al otro lado de la avenida, el vehículo brindado, el furgón pintado de amarillo que se dedica precisamente al transporte de dinero y valores postales entre las diversas oficinas o sucursales de la Caja Insular y el Banco de España.
Suele ir bien custodiado con al menos tres funcionarios de uniforme, uno que conduce, otro que le acompaña y otro que viaja en el interior blindado. Pero esta vez, como ya estaba previsto y estudiado por nosotros, solo son dos los empleados que se bajan, el uno de la parte delantera correspondiente al conductor y el otro de la posterior, dejando la puerta trasera entreabierta.
Los dos hombres entran en la dependencia bancaria.
Yo sé bien que cantidad, considerable en esta ocasión, vá a ser recogida y con una saca de valores trasladada directamente para su custodia en la cámara acorazada del Banco de España que se alza al principio de la calle de León y Castillo.
Y nosotros, los tres hombres ya mayores que parecemos dormitar por momentos en uno de los extremos del Parque Hermanos Millares después de haber emitido opiniones, comentarios y disquisiciones de lo más variado evocando, rememorando a hechos y figuras del pasado, de nuestro común ayer y anteayer, parecemos despertar al unísono de un momentáneo amodorramiento o íntimo ensueño.
Soy yo el que dá la voz de aviso ya convenida de antemano, palmoteando algún muslo o rodilla de mis dos compañeros.
_ "¡Ea, que ya es la hora, señores!". Y advirtiendo que efectivamente ya estamos dispuestos a la acción aún añado: "¡Ya sabe cada uno lo que tiene que hacer!... ¡En marcha!"
Nos colocamos en la cabeza, cubriéndonos así el rostro, las medias color canelo que ya teníamos preparadas al efecto, para procurar no se reconocidos y todo lo ágiles que nuestros renqueantes cuerpos de más que sesentones nos permiten, saltamos a una las bajas vallas de hierro pintado de negro que rodean los parterres de césped y flores, cruzamos temerariamente la avenida que, milagrosamente en ese momento aparece libre de tráfico rodado y, con la mano diestra unos y siniestra yo apretando con firmeza las culatas de las pistolas, cada uno de los componentes de la banda cumple con matemática precisión su respectivo y ya bien ensayado cometido. El señor Melián, el de Telde nos aguarda y cubre con el motor de un viejo Volvo en marcha, haciéndose el distraído pero sin perdernos de vista, teniendo como vigilante pasajero a su lado a don Pelayo, que abre los ojos todo lo que puede, presumiendo de lo bien que ha quedado de una operación recientemente sufrida en los párpados.
Salvadorito se coloca estratégicamente al lado de la puerta del conductor del furgón y yo, algo más retirado frente a la del acompañante en tanto que maestro Luis comprueba con rápida ojeada que en la parte posterior del vehículo blindado no hay nadie, tal como ya habíamos supuesto al planearlo todo con meticulosidad.
En la ventana del primer piso del edificio que nos interesa, ya no es la mujer sinó el señor Sánchez el que otea la avenida arriba y abajo y el mismo parque para prevenirnos si se presenta algún inconveniente y hace una señal de asentimiento, confirmando que, de momento al menos, no hay peligro a la vista.
Los dos uniformados empleados de la empresa de seguridad que, ciertamente, si que van ambos armados como si fueran anteriores vaqueros del Oeste americano, con llamativos y pavonados revólveres al cinto, salen un tanto despreocupados del local bancario, cargado el uno con una saca de lona medio llena de lo que se supone son pagarés, talones, dinero en efectivo en papel y moneda, etc., y que parece idéntica a las empleadas por el servicio postal de Correos y el otro llevando una pequeña caja metálica de cantos reforzados,que parece ciertamente pesada, ambos celadores así con las dos manos ocupadas.
Les apunto a los dos con mi pistola Astra del 7´70 y ellos asi sorprendidos me miran estupefactos, incapaces de reaccionar al momento.
"¡Venga, venga la pasta", les comino con el negro y frío agujero del arma encañonándoles, lo que parece hipnotizarlos.
Salvadorito, rápido, surge por delante del coche y también encañonándoles añade muy en serio y en plan televisivo: "¡La pasta o la vida!".
Maestro Luis se apropia de la saca y, pese a la posible artritis de sus huesos corre raudo hacia el Volvo de Melián y Pelayo.
Salvadorito coge de las manos del vigilante y carga con algún esfuerzo sobre uno de sus hombros la ansiada maleta metálica, siguiendo luego a maestro Luis. Y yo titubeo un breve instante antes de levantar la mano armada con la pistola y dar un buen golpe sobre una oreja del agente de seguridad que tengo más cerca. Luego, raudo me vuelvo al otro que es joven y pelirrojo y parece que, reaccionando va a desenfundar su revolver y al tiempo que le susurro algo así como "¡No lo intentes, pelirrojo, no lo intentes!", ya sin vacilar le disparo una, dos y tres veces a piernas y brazo y antes de comprobar como aquel cuerpo joven, con la sorpresa aún reflejada en su rostro que instantaneamente troca por un gesto de dolor se vá deslizando al suelo, en tanto la sangre ya comienza a brotarle de las heridas, me vuelvo amenazador apuntando con la pistola a los espectadores del atraco que se asoman con precaución y sumamente sorprendidos a las ventanas y a la misma puerta de la oficina bancaria. Allá dentro suena escandaloso un timbre de alarma...
Mis dos compañeros con la preciada carga ya están en el interior del Volvo, haciéndome un hueco en el asiento posterior y señor Melián toca frenético la bocina del auto para que yo me apresure.
El señor Sánchez asomado, escorado en la ventana del primer piso dá un fuerte grito como de aviso, maestro Luis, Salvadorito, don Pelayo me llaman a voces... ¡Pero yo compruebo horrorizado que, de repente, no puedo moverme, que me fallan las fuerzas!... Perplejo y asustado, trato de concentrarme, cierro los ojos por un instante...
El desenlace
Continúo con los párpados cerrados. Algo o alguien me está zarandeando, gritando...
Abro pues los ojos, sintiéndome más bien desconcertado que estupefacto en los primeros instantes. Y miro extrañado en derredor mío.
Enfrente, el coche blindado pintado de amarillo acaba de arrancar sin novedad y se aleja raudo cuesta arriba, normal. La mujer que limpia las ventanas del primer piso, una vez terminada la tarea se retira al interior del aposento y su silueta pronto se difumina velada por la gasa de las cortinas que ondean ligeramente movidas acaso por una repentina y refrescante brizna de aire. En la oficina de La Caja, por lo que de ella se vé a través de los grandes ventanales sigue sin alterarse la actividad de atender a la clientela.
Cho Salvadorito permanece a mi lado sentado en un extremo del banco y desde el otro, maestro Luis me palmea en una rodilla.
"¡Pues no se nos ha amodorrado usté ahora mismo, cristiano!... Por ahí vienen don Pelayo y el teldense señor Melián, que algo de sus vivencias, que son muchas, nos contará hoy.
Pero yo presumo que no voy a continuar allí más por el día. Consultando la hora en el reloj de pulsera, con algunos contenidos o entre dientes emitidos quejidos de achaques artríticos en las articulaciones y también debido a los quilos de más de mi rechoncha figura me levanto, me despido y me alejo en dirección al cercano domicilio, un tanto desilusionado, pensando, eso sí, en escribir el presente relato
de algo que pudo ser y no fue.
¡No ha habido "atraque" de la tercera edad!... Todo ha sido un sueño, un botón de muestra de mi sempiterna mucha fantasía.
Carlos Platero
En Escaleritas, septiembre de 2001


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